La noche de Cantolla - Imagen Agropecuaria

La noche de Cantolla

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El Ocotal, Santa Ana Tlacotenco.-Aaaahhhh, ¡qué lugar! Aquí se respira un aire fresco, perfumado por grandes pinos y arcilla mojada, parda como la tarde que dudosa deja asomar tras la arboleda nubes blancas en el horizonte corto; braveras desafían a sus iguales plomizas que llegaron antes a cincelar el retablo en la bóveda de este valle de breves dimensiones, vestido de algarabía y miles de sonrisas dentadas a la menor provocación.

Grupos de jóvenes por todas partes, familias con niños en brazos, parejas vestidas del mismo color en ofrenda a su amor prometido, nunca conjurado, besos, abrazos, parsimonia en el rito de apartar lugar para tener una mejor vista desde la tierra húmeda en espera del gran espectáculo, gente feliz. Algunos beben cerveza con limón, sal y chile, y viven la fiesta adelantada trastabillantes, otros vacían latas de gaseosas con las que acompañan un pambazo de papa con chorizo y salsa roja que los obliga a lagrimear y halar aire hasta marearse sin haber tomado licor alguno, tacos de longaniza, de bistec. Manos embadurnadas de crema y mole, buñuelos, elotes cocidos con tequesquite, pizzas, hamburguesas, atole, café, ¿qué más pudiera antojarse, para saciar el hambre y quitar la sed, que no se encontrara en esta romería?

Promesas en corto, susurradas al oído de la pareja con un cálido “hoy te prometo que te amaré toda la vida”, esperanza de muchos en felicidades relámpago, como los truenos que anuncian tormenta inoportuna para esta fecha, en un otoño impaciente por entrar en escena. Hilos de viento fresco merodean por todos lados, los más friolentos les huyen abrigados por gruesas chamarras, muchos en plena adolescencia los desafían engallados en breves camisetas que les dejan los brazos y parte del pecho y espalda descubiertos.

Miles de ojos liberan miradas anhelantes, escépticas algunas, que van en busca de lo pretendido durante años y que hoy está a la mano hacerlo realidad. No hay regaños, ni se escuchan discusiones. La camaradería cantollana hace fiesta larga, aún entre desconocidos. Contagia a los de aquí y a los de más allá, sepan o ignoren porque están aquí.

A quién le podría importar en este momento que Joaquín de la Cantolla y Rico, oriundo de la capital del país y telegrafista de oficio, tuviera una especial pasión por los globos aerostáticos allá por los viejos años de mediados del Siglo XIX y que eso lo llevó a construir los suyos propios, para dejarlos de herencia a la mexicanidad de las celebraciones provinciales, regionales y hasta nacionales, religiosas o paganas.

Aquí liberar uno de estos globos fabricados con papel de china, un poco de alambre galvanizado y una mecha con combustible dosificado, es razón suficiente para alimentar la convivencia hecha cultura espontánea, aflorar la esperanza de mejores tiempos, dejar a ras de piel la hospitalidad de nuestra cultura mestizada.

Y esto hace que los globos se vendan como pan caliente. La medida estándar a 35 pesos por uno o tres por cien pesos. Y hay puestos armados al calor de la necesidad de venta, sobre mesas tambaleantes o de plano en el suelo, apenas asomándose de la maleta en que fueron transportados.

Llegan los artesanos con el producto de su trabajo, de semanas, a ofertarlo, sin necesidad de gritar “llévelos, llévelos”, porque se venden solos. En sólo cuatro años este “Festival Multicultural de Globos de Cantolla” hizo el milagro; rompió esos esquemas del mercado ambulante, logró que miles de mexicanos olviden, aunque sea por una sola tarde, los grandes problemas que enfrentan cotidianamente, de inseguridad, el acoso del miedo, la vulnerabilidad económica, los males y los peores momentos.

En ese estadio, Fernando apenas dejó en la humedad del suelo su maleta con globos de todos colores, que tuvo que apresurarse para fijarse a la cintura la “canguerera” que habría de ser caja registradora para llevar los dineros de la venta.

Adolescente de esta localidad, dejó la escuela para trabajar en la tintorería familiar y sólo dos meses antes del 21 de septiembre de cada año, desde hace cuatro, destina las tardes en la elaboración de los globos que le llevan en promedio dos horas de tiempo cada uno. La inversión es de diez pesos para el papel y cinco entre mecha, pegamento y alambre.

Aunque hace globos desde que tiene uso de razón; son su pasión “porque algún día podré volar”, es su sueño, como el de Joaquín de Cantolla. Puede diseñar desde los más sencillos de cuatro pliegos, hasta aquellos rebuscados con figuras geométricas encimadas y “seguro que se elevan”; eso es garantía de la dedicación que les tiene.

Sí, fue en la víspera inmediata del otoño en un día plomizo, pero también de descanso y de tormentas anunciadas. El tráfico vehicular en Xochimilco era un martirio como la pasión de San Gregorio, de cuyo nombre se ancla la oriundez de esta parte de la zona sur del Distrito Federal.

Ya nadie pitaba, ni maldecía, ni hacía malabares de manejo para ganar la salida. No había por dónde escapar de esta estrecha vía que es la única conexión con la carretera federal que va a Oaxtepec y, de paso, a este pequeño valle que se vistió de multiformes policromáticos globos aerostáticos, para elevar la esperanza de los más profundos deseos o simplemente la intensión de volar aunque sea sólo con la imaginación asida al aire caliente atrapado en el papel de china que los lleva hasta los cielos finitos, acotados por el calor que les pueda brindar la mecha encendida que les da vida, como la vida de quienes los liberan, aunque en esa ocasión la última tormenta del verano arruinó la “Noche de Cantolla”.