Reflexiones para enfrentar embestidas de Trump

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La reconocida periodista Lourdes Rudiño realiza una colaboración especial para www.imagenagropecuaria.com, con motivo de nuestro 10 Aniversario, donde analiza la apuesta que hizo el gobierno mexicano por el TLCAN en materia agropecuaria; abre interrogantes sobre posibles consecuencias de la renegociación del acuerdo y esboza posibles salidas ante la embestida de Trump. Lourdes ha ejercido el oficio periodístico por más de 20 años, dedicada fundamentalmente a los temas rurales, agropecuarios y alimentarios. Forma parte del comité y del consejo editorial de La Jornada del Campo.

Lourdes Rudiño

Con artimañas burocráticas, el recién estrenado gobierno de Estados Unidos frenó el ingreso a su territorio a aguacate de Jalisco, con lo cual de facto incumple el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en detrimento de los productores, exportadores y de la economía de México. Hay versiones –aunque no corroboradas y claras– de que también se puso un alto a fresas de Irapuato por falta de un sello.

Estas situaciones dan marco al propósito del presidente Donald Trump de renegociar el TLCAN o incluso desconocerlo porque “México ha abusado” en el intercambio comercial y revelan la visión proteccionista y nacionalista (o patriotera) de este nuevo gobierno, pues, ojo, no se trata de un loco Trump actuando como chivo en cristalería, es un grupo de poder que está imponiendo orientaciones fascistas en Estados Unidos, la principal potencia del mundo.

Las consecuencias para el corto y largo plazos de una renegociación del TLCAN –la cual ya de hecho comenzó formalmente– son poco halagüeñas, dado el antecedente de la negociación original, donde México lanzó una doble apuesta: la importación de materias primas “baratas” y subsidiadas, con el maíz como producto emblemático, para fortalecer a ciertas ramas aquí, esto es la avicultura y la ganadería bovina y porcina (con los granos como alimento para los animales), y por otro lado el impulso de la exportación de los productos hortofrutícolas, donde ya nuestro país venía siendo competitivo, con el jitomate y el aguacate como emblemas. La idea era tener una reconfiguración de la agricultura mexicana con mayor peso de la hortifruticultura y con menos campesinos que debían orientarse a empleos industriales.

En cuanto a la primera apuesta, como sabemos, lo barato sale caro. La apuesta fue acompañada de acciones públicas que descapitalizaron a los productores nacionales de granos, como fueron el desmantelamiento de las instituciones y políticas de fomento y apoyo –como la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo), el Banco Nacional de Crédito Rural (Banrural) y los precios de garantía–, y la situación llegó a extremos con la crisis devaluatoria de 1994-95, que hizo escalar escandalosamente las deudas de créditos agropecuarias y de la cual muchos productores no lograron sobreponerse.

La producción granera mexicana se estancó; se agudizó la pérdida de autosuficiencia, con cada vez menos producción per cápita; los agricultores del norte (Sinaloa, Sonora, Tamaulipas) se allegaron el grueso de los subsidios públicos para los granos para poder ser competitivos y con ello intensificaron sus prácticas a tal grado que han atentado contra los recursos naturales (aguas contaminadas, desertificación de suelos, proliferación de pozos ilegales…), y muchos productores medios y pequeños se mantuvieron doblegados, con altibajos, con rendimientos escasos en sus tierras y enfrentando precios volátiles mucha veces no compensadores de los costos”.

Sabemos ya lo que sigue en la historia: los precios internacionales no se han mantenido bajos siempre; más bien han despuntado de forma agresiva en ciertos momentos (destacadamente 2006-07 y 2010), influidos por la especulación en las bolsas internacionales de futuros y por desbalances globales de oferta/demanda dado el uso de granos y otros como oleaginosas y caña para combustible. Así, si bien es cierto que hemos tenido con el TLCAN periodos largos de precios bajos de granos, el consumidor final no ha visto el beneficio, y cuando los precios repuntan hay repercursión al alza en la cadena alimentaria, la cual es pagada por el consumidor, y mientras tenemos una planta productiva nacional desestimulada con muchas tierras ociosas o semiociosas y bajos rendimientos.

En la segunda apuesta, pues sí, en efecto México ha sido ganador en hortalizas y frutas –aunque se sabe que en cultivos como el tomate desde antes del TLCAN había toda una experiencia exportadora a Estados Unidos, con tendencia constante al alza, y en el caso del aguacate México debió enfrentar muchos años los frenos del vecino del norte, argumentados en términos fitosanitarios, hasta que al fin, y luego de un proceso paulatino, se abrió totalmente el gran mercado estadounidense.

¿Qué va a pasar ahora? ¿Se limitará la importación granera? ¿Tiene México la capacidad para reestablecer con prontitud su planta productiva de granos para atender la demanda doméstica sin depender tanto de Estados Unidos? ¿Existen las condiciones de suelos, propiedad de la tierra, elementos logísticos, infraestructura de caminos, para enfrentar un encarecimiento drástico de producto traído de la Unión Americana si por ejemplo se concretan los impuestos arancelarios que plantea Trump (que serían de ambos lados por política espejo)? ¿Se frenarán drásticamente las exportaciones hortofrutícolas? Son preguntas que apuntan al peor escenario. Pero en realidad hoy nadie está respondiendo las interrogantes. No hay suficientes señales para hacerlo.

Como quiera que sea, el hecho es que el reto es alternativo. Por un lado está el lado de la derrota en el intercambio con Estados Unidos (predominante en el TLCAN y en mucho menor medida Canadá) y tal vez el encarecimiento y escasez alimentaria en el mercado doméstico por una disponibilidad disminuida, si bien el camino aquí está en la búsqueda de nuevos socios y en empezar a aprovechar de veras los múltiples tratados de libre comercio que México ha firmado.

Y por el otro lado, el camino que podría abrir este momento desafiante es impulsar una verdadera alianza de la sociedad mexicana (incluidos consumidores) para potenciar, replicando al máximo, experiencias campesinas y agrícolas exitosas y muy positivas ocurridas durante todo este camino andado con el TLCAN, desde 1994, e incluso desde antes, y que van desde la producción agroecológica –con evidencia de resultados productivos, de salud, de empleo, de sustentabilidad ambiental y demás mucho mejores que la producción con agroquímicos– hasta las fórmulas de asociación entre productores y consumidores con precio y compra asegurados desde antes de la cosecha, o mecanismos tales como comedores comunitarios (en escuelas, hospitales, colonias) abastecidos con productos locales. Hay muchos etcéteras en esta línea de experiencias positivas. Lo que hace falta es sistematizarlas y generarles políticas públicas eficientes de apoyo.

Las decisiones están en el aire, pero hoy la sociedad está más consciente de lo que representa la alimentación, y sabemos que no es nada bueno hacer apuestas con ella. Ojalá tomemos la segunda opción.




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