Soy la tierra que agoniza

Estoy en la profundidad de esta casa. Rodeada de escombros y polvo. Apenas puedo mover los labios. Mi garganta y mi voz se secan. He gritado mil veces y de mi estruendo sólo se escucha el silencio. Estoy cansada. Me he arrastrado por el lodo, por los desiertos vacíos de esta casa, entre víboras y ponzoña, entre tigres y pájaros. Lobos y buitres merodean mi agonía. Más allá un águila se ha posado sobre un nopal, precisamente donde la tierra-agua tiembla, en el México-Tenochtitlán. Pese a ello millones se han hacinado en este valle del caos, donde los tlatoanis modernos hacen su agosto, engañan y todo corrompen. Pero es septiembre y desde el centro hasta el sur, donde corren grandes ríos y los pueblos conservan sus rituales autóctonos, tiembla. El subsuelo con su furia parece reclamar su espacio, ese del que nos hemos apropiado como especie invasora y gregaria. La naturaleza nos cobra factura.
Estoy en la profundidad de esta casa. Nadie me escucha. Llevo horas atrapada en este suelo, que sistemas económicos, pobreza, falsos profetas de la salvación y narcotráfico han azotado por decenios. Hace minutos, horas, años o centurias que nadie escucha al “ombligo de la luna”. Ya poco importa, estoy atrapada entre escombros y polvo. La vida se me agota. Soy la tierra que agoniza…
Y pese a todo no he perdido la esperanza: unos jóvenes alzan el puño cerrado para pedir silencio. Aún quieren escucharme. No sólo desean rescatar la vida, quieren rescatarse a sí mismos y restaurar su tierra que agoniza.