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Planta de GPO en Bahía de Ohuira, Topolobampo, Sinaloa, entre soberanía alimentaria cortoplacista y la sostenibilidad ecológica a largo plazo

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Detenido

Desde la óptica gubernamental la inversión de GPO en esta planta permitirá a México reducir en 70% la dependencia actual de fertilizantes nitrogenados; pero existe el potencial de crear un nuevo problema ambiental a largo plazo en un humedal protegido por la Convención Ramsar, es decir, que por sus características biológicas y culturales es de gran importancia para la humanidad. 

Por Rita Rindermann Schwentesius

En la mañanera del martes 30 de junio de 2026, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, puso el dedo en la llaga que define a casi cualquier megaproyecto de infraestructura en un mundo globalizado: la enorme tensión entre la urgencia nacional a corto plazo (alcanzar la soberanía alimentaria y disponer de fertilizantes nitrogenados para la agricultura) y la permanencia/sostenibilidad ecológica a largo plazo.

Como doctora en ingeniería energética y exsecretaria de Medio Ambiente de la Ciudad de México, aporta una visión tecnocrática a este debate. Su argumentación puede interpretarse desde dos perspectivas completamente diferentes, pero lógicas en sí mismas:
 1. La perspectiva de la “razón de Estado mexicano”: La seguridad alimentaria como cuestión existencial;
 2. La perspectiva de la permanencia ecológica: Un intercambio desigual.

En la primera perspectiva, desde el punto de vista del gobierno mexicano, no se trata de una “codicia de lucro a corto plazo” por parte de un consorcio privado alemán-suizo (Gas y Petroquímica de Occidente (GPO), que opera como filial de Proman, empresa de capital global de origen suizo-alemán), sino de un objetivo estratégico central: la preservación de la soberanía alimentaria.

Vulnerabilidad de las cadenas de suministro: Las crisis geopolíticas (energéticas) de los últimos años han demostrado lo peligroso que es para un país depender por completo de las importaciones para los insumos más indispensables de la producción de alimentos (los fertilizantes nitrogenados). Si el suministro de fertilizantes falla o los precios del mercado mundial se duplican, México corre el riesgo de sufrir pérdidas en las cosechas e inflación en los alimentos, lo que golpea directamente a los sectores más vulnerables y pobres de la sociedad mexicana.

Dentro de está lógica, la Secretaría de Economía, argumenta que “México importa aproximadamente el 80% del amoníaco que consume y su demanda de fertilizantes ronda entre 4.5 y 5 millones de toneladas anuales”, por lo que la inversión de la planta de GPO, “permitirá que, con la producción local de amoníaco y urea, se reduzca la dependencia de las importaciones en más del 70% y se abaraten los fertilizantes para las personas productoras sinaloenses y de otras partes del país”.

El dilema de la política real: Un jefe de Estado debe evitar en el aquí y el ahora que colapse el suministro de alimentos. Desde esta perspectiva, la estabilización a corto y mediano plazo de la agricultura nacional tiene prioridad sobre los riesgos a largo plazo, más abstractos, para un ecosistema local. La referencia a las plantas de amoníaco alemanas le sirve como argumento de que la tecnología moderna puede lograr este equilibrio entre industria y naturaleza.

En la perspectiva de la permanencia ecológica: Un intercambio desigual. Por el contrario, si se analizan sus afirmaciones a través de los lentes de los límites de carga ecológica y la supervivencia a largo plazo de los ecosistemas, su postura revela un clásico desplazamiento del riesgo:

¿Daño local para beneficio nacional?: Para asegurar el suministro de fertilizantes de todo el país, el riesgo irreversible de una degradación paulatina (eutrofización, calentamiento, acidificación) se traslada localmente a la Bahía de Ohuira y a las comunidades indígenas que allí habitan.

La “dependencia de trayectoria” de los megaproyectos fósiles: Una vez que una fábrica está construida al 95%, se impone la lógica de los hechos consumados (costos hundidos). El proyecto se termina porque cancelarlo política y económicamente se considera demasiado costoso. Sin embargo, con esto se cimenta para los próximos 30 o 40 años un sistema basado en gas fósil (importado mediante fracking desde Texas) y en la sobrefertilización industrial, bloqueando la transición, de por sí difícil, hacia sistemas de cultivo agroecológicos y sostenibles a largo plazo. “La política de la transición a la agroecológica y la prohibición del glifosato poco a poco desaparecen de la memoria colectiva”.

En resumen, esta postura demuestra que se considera el proyecto como un mal necesario para la estabilidad nacional. Sin embargo,

desde el punto de vista ecológico, sigue siendo una falacia clásica de la modernidad industrial: se repara un problema sistémico (la dependencia de los mercados globales) creando un nuevo problema ambiental a largo plazo (la amenaza a un humedal protegido por la Convención Ramsar)”.

Es precisamente la ponderación en la que la viabilidad de la naturaleza a largo plazo casi siempre lleva las de perder, porque las presiones económicas y sociales del presente aprietan de forma más inmediata.


La ilusión del “equilibrio limpio” y la realidad de los riesgos –El caso de Alemania

La referencia a Alemania como el ejemplo perfecto de una “industria química limpia en armonía con la naturaleza” no resiste una revisión crítica. Este discurso invisibiliza los daños y riesgos reales y documentados.

Cuando los políticos —ya sea en Alemania o en México— utilizan la narrativa de la perfecta compatibilidad, recurren a una imagen sumamente edulcorada que contradice la realidad por varias razones:

  1. El riesgo de accidentes minimizado


En Alemania, los accidentes en Ludwigshafen (2015, dos muertos) o Piesteritz/Wittenberg (2012, 3 muertos) demuestran de forma irrefutable que las plantas químicas de gran escala nunca son 100% seguras. Donde se trabaja con presiones enormes, altas temperaturas y gases altamente tóxicos como el amoníaco o el monóxido de carbono, siempre existe un riesgo residual inherente. Afirmar que la técnica moderna excluye las catástrofes ignora la realidad física y la falibilidad humana.


2. El traslado a un ecosistema extremadamente sensible

Incluso si se exportaran los estándares de seguridad alemanes más estrictos uno a uno a México (que es lo que formalmente aspira la tecnología de ThyssenKrupp Uhde, empresa que construyó la planta), esta comparación ignora por completo la situación ecológica, que es radicalmente distinta:

  • En Alemania, estas fábricas se encuentran en zonas industrializadas desde hace más de un siglo (como el parque químico costero de Brunsbüttel o la sede central de BASF en el río Rin, que ya está fuertemente regulado).
  • En Topolobampo, una planta de este tipo se instala directamente junto a una laguna costera somera y protegida. Un escape de contaminantes o la carga térmica del agua de enfriamiento tienen un impacto ecológico muchísimo más grave en un ecosistema de humedal Ramsar que en un cauce fluvial europeo ya transformado por la industria.
  1. La invisibilización de los daños crónicos a largo plazo


El mayor problema de este argumento es que solo se enfoca en los accidentes agudos. La consecuencia a largo plazo es mucho más grave —la eutrofización generalizada y la acidificación del suelo, que en Alemania ya sobrepasan los límites críticos en más del 60% de los ecosistemas sensibles— se silencia por completo. Alemania no ha resuelto ecológicamente su problema de amoníaco y nitrógeno; simplemente lo administra de forma institucional.

Conclusión

La presidencia mexicana utiliza esta narrativa porque le permite calmar tecnocráticamente un proyecto profundamente conflictivo. Al argumentar: “Miren, la rica y ambientalmente consciente Alemania también lo hace así”, se pretende quitar legitimidad a los críticos locales.
 Es el dilema clásico de la política real: la destrucción a largo plazo de los ecosistemas es un proceso gradual, a menudo invisible, que se extiende por décadas. En cambio, el rendimiento económico y la producción de fertilizantes son cifras medibles de inmediato en el balance del gobierno. Desde la perspectiva de una permanencia ecológica —es decir, la supervivencia y la integridad a largo plazo de los espacios naturales—, este supuesto “equilibrio” es, en realidad, una ilusión que se paga a expensas de la naturaleza y de las comunidades locales.

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Amoniaco, compuesto químico fascinante y profundamente contradictorio:

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El amoniaco (NH3) fertiliza los campos que alimentan a miles de millones de personas, pero históricamente también ha sido el punto de partida para la fabricación de explosivos a gran escala.
 Un dato: 80% del amoniaco que se produce en el mundo se destina a la producción de fertilizantes. No es casual que la planta en la Bahía de Ohuira este tan cerca a los Estados Unidos.
  • De gas a explosivo
 a nivel militar. El amoniaco se somete a un proceso de oxidación (el histórico Proceso Ostwald) para transformarlo en ácido nítrico (HNO3). El ácido nítrico es el ingrediente base para prácticamente todos los explosivos convencionales del mundo, propulsores de cohetes y municiones y sistemas de propulsión naval (submarinos).

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Conoce la tragedia de la “creadora” del amoniaco: Clara Immerwahr


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*Universidad Autónoma Chapingo-ASORE, México, Cel. +52 595 106 5902,rschwentesiuss@chapingo.mx, ritaschwentesius@gmail.com

Para ver el documento completo dar dar clic en la liga siguiente: El balance entre economía y ecología: El discurso presidencial sobre la planta de amoníaco en la Bahía de Ohuira, Topolobampo, Sinaloa

 

 

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