Fincan esperanzas en riqueza del semidesierto potosino

Fincan esperanzas en riqueza del semidesierto potosino

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ixtlero diconsaMatehuala, SLP.- Entre la tierra seca y el polvo que levantan los neumáticos de los vehículos que se aventuran por estos senderos, se observan cientos de mezquites, cactáceas y minas abandonadas. En este municpio los lugareños buscan en la reproducción de plantas del semidesierto –algunas en peligro de extinción–, en su poder curativo, en el rescate del tallado de lechuguilla y tejido del ixtle, en antiguas haciendas mezcaleras y la riqueza natural de la región asociada al turismo que hoy se concentra en el mítico pueblo de Real de Catorce, la oportunidad de tener un ingreso en medio de las limitaciones de la zona.

En las poblaciones de Villa de Guadalupe, Guadalcázar, Charcas y Salinas es común ver pueblos envejecidos, donde muchos de sus habitantes rebasan los 60 años de edad, y donde los jóvenes han emigrado hacia Estados Unidos en busca de mejores ingresos. Estos municipios son considerados como de alta y media marginación.

Por eso se entiende que las mujeres del ejido El Leoncito, municipio de Villa de Guadalupe, después de ocho años y con escasos compradores, tengan en La Ilusión, su pequeño vivero de cactáceas y plantas suculentas, la esperanza de crecer y que la propagación de especies que realizan rinda frutos.

Doña Carmen Gallegos, tesorera del grupo, integrado por ocho mujeres y un hombre, platica que en el vivero tiene 12 mil plantas de 75 variedades de cactáceas, algunas en peligro de extinción, que ya han logrado reproducir, como Burra cabuchera, Bonete de obispo y Chilijo.

La reproducción que realizan a través de semilla, los hijuelos y la propagación, ha permitido al grupo donar cinco mil Cabucheras al propio municipio para reforestar lo que se ha perdido por el comercio ilegal de flora silvestre.

El proyecto nació en 2001, cuando la Semarnat ofreció a las mujeres establecer una Unidad de Manejos Sustentable (UMA), “nos dijeron que íbamos sacar con que sobrevivir”, pero algunas “no veían nada” y el grupo original de 17 mujeres se redujo a casi la mitad; en 2002 Inifap apoyó con capacitación, pero “hemos aprendido mucho más por las plantas mismas”; en los últimos tres años apoyó Conafor para más infraestructura y la Secretaría del Trabajo para empleo temporal.

El problema es que, “ahorita nadie nos compra”, señala Doña Carmen, sin dejar de reconocer el apoyo del municipio que compra plantas para adorno, y de la Secretaría de Turismo que las llevas a Matehuala.

Una empresa ofreció hace un año de exportar las plantas; no ha pasado nada. Pero las mujeres esperan hallar un buen comprador.

El biólogo Onésimo González, investigador de la Universidad de Matehuala y miembro de Conservación Humana, habla de la riqueza del desierto chihuahuense –que se extiende hacia esta zona–, donde se localizan 3 mil 500 especies de plantas donde pareciera que no hay vida.

En la región existen 35 especies en peligro de extinción, de acuerdo con diversos estudios realizados hace un par de años, ilustra. Por eso la importancia de lo que están haciendo las mujeres para recuperarlas.

Los hierberos de San Bartolo

Al internarse hacia la zona serrana, a unos 1850 metros sobre el nivel de mar (msnm) y a 28 kilómetros de Matehuala, se halla San Bartolo, donde miembros de la comunidad con apoyo del Conacyt (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología) y otras instituciones, han emprendido el rescate del conocimiento empírico tradicional que heredaron sus ancestros, quienes utilizaban las plantas de la zona, muchas endémicas, como fórmula de curar sus males.

Así comenzaron la clasificación de las plantas, de acuerdo con el uso que les dan los habitantes, con la idea de ofrecer un atractivo para los turistas que visitan Real de Catorce.

Leodegario García, productor de nopal y plantas medicinales comenta que a partir de un taller de plantas medicinales concluyeron que el primer objetivo era cultivar aquellas que están en peligro de extinción y “hemos descubierto que esas hierbas sirven para curar”.

Como un hierbero moderno, este hombre catorceño –como llaman a los de Real de Catorce– luce su sombrero de palma sobre su rostro moreno, cultiva toronjil morado para mejorar la digestión, enfermedades de los nervios, insomnio, calambres, mala circulación de la sangre y dolores de cabeza; hinojo para gastritis y relajante; ajenjo para los corajes, sustos o bilis; cola de caballo para males de riñon; romero para dolor de cabeza; istafiate para amibas y diarrea; real de oro para dolor de estómago; árnica para golpes y eucalipto para la gripa.

Leodegario empezó con un jardín botánico particular, ahora tiene media hectárea con un sistema de riego para ahorrar agua y apenas inicia la comercialización. La idea es que los diez productores que ya cultivan plantas medicinales se unan.

Para este agricultor se deben tener hierbas en casa como remedio, “ya ve como se vino la influenza y, a veces, no hay medicina para curar a tanta gente y esto puede servir”.

Neyra Alvarado Solís, investigadora de El Colegio de San Luis y responsable del proyecto del Conacyt “Los minerales del Real y su desierto mágico. Un proyecto turístico autogestivo”, expone que  a través del diseño de un mapa regional de nueva rutas turísticas y estos talleres se trata de integrar a los pueblos de la sierra, de lo que otrora fueran zonas mineras, para que no solamente sea Real de Catorce, “no sólo son huicholes y peyote”.

Además del cocimiento y la difusión de las propiedades curativas de las plantas, se busca que el turista interesado en este tipo de saber vaya a la comunidad y conozca cómo se procesan y cuáles son sus usos.

Este tipo de iniciativas surgen también por el abandono de San Bartolo, donde hoy habitan 280 personas, pero que llegó a tener 500, quienes emigraron hacia Estados Unidos, Monterrey y otras entidades del país.

Al rescate del ixtle

Un símbolo viviente de lo que fue el ixtle para la región es Don Enrique, quien a sus 85 años de edad, con movimientos muy lentos pero si perder la destreza en las manos, todavía brinda demostraciones del tallado de lechuguilla, de la cual se obtiene el ixtle, fibra natural para elaborar diversos productos. Y es que con este trabajo mantuvo a su esposa y doce hijos.

La abundancia de lechuguilla en los alrededores de San Bartolo–que observamos aún persiste— dio a esta actividad importancia económica, pero con los años y la llegada de fibras sintéticas se fue abandonando. Hoy un grupo de personas buscan rescatarlo, pero dándole valor agregado al transformarlo en artesanías: bolsas, tapetes, manteles, centros de mesa, etcétera.

El tallado de lechuguilla es muy cansado, un buen tallador trabaja cinco kilos en un día, pero por lo arduo no trabaja ni seis días a la semana, detalla Reynaldo López Soria, quien encabeza a un grupo de ocho o diez personas que, luego de tomar un taller para tejido de ixtle, que dio una institución a fines del año pasado, tratan de revivir esta actividad.

Con los dos pesos por kilo que llegaban a pagar por el ixtle a los talladores es muy difícil mantener una familia; ahora ha repuntado el precio por esta tendencia que existe a volver a lo natural, pero aún así apenas llega a los 16 pesos.

Un kilo de ixtle sirve para hacer dos bolsas de mano. El único hombre que queda en el grupo es Reynaldo, quien realiza otras actividades para mantener a su familia, por lo que se compra a quienes recolectan y extraen la fibra y si es suave –más apropiado para tejer– se paga a 18 pesos.

En este poblado la actividad principal es la fruticultura, durazno, membrillo, chirimoya, aguacate, guayaba, chabacano y tejocote, productos que se venden en Matehuala. Pero hay tres o cuatro meses que no se cosecha la fruta y entonces la mayoría de personas trabaja el ixtle.

Por ahora una dificultad es que “no tenemos a quien venderle –la artesanía de fibra de ixtle– porque sale poco, estuvimos en la feria de Matehuala y otras exposiciones. La idea es buscar quien nos compre para seguirlo produciendo”, confía Reynaldo.

Mezcal con técnica de hace 400 años

Dentro de este circuito de lugares que visitar en la zona del altiplano potosino, está la Hacienda Mezcalera Laguna Seca, municipio de Charcas, donde Los Carmelitas, quienes llegaron a evangelizar, ya elaboraban mezcal desde hace 400 años en forma artesanal.

El mezcal es una bebida tradicional que se obtiene del agave salmeana que, por sus propiedades organolépticas, tiene buen sabor y en este caso por ser silvestre posee características diferentes respecto a otras del país.

Este producto se vende en países de Estados Unidos, España y Francia, donde se exporta la cuarta parte de producción y se trabaja para colocarlo en Noruega y Rusia, así como países de Asia. En territorio nacional se vende en las ciudades de México, San Luis Potosí y otras entidades.

La fábrica procesa dos mil litros por semana, que significa un tercio de su capacidad total.

En este lugar se observa el molino –una enorme rueda de madera– de las piñas –que pesan alrededor de 50 kilos– donde se extraen los jugos para elaborar el mezcal, que era jalado por animales, pero ahora se adaptó un pequeño tractor, también sobreviven las enormes calderas y hornos de vapor. Como en aquellos tiempos no existía electricidad Los Carmelitas ingeniaron un sistema que permitiera elaborar la bebida, por lo que el terreno tiene un desnivel y los fluidos van pasando de un proceso a otro por la fuerza de gravedad.

El mezcal tiene un proceso de destilación en el que se separan alcoholes, se pone en barricas y luego se embotella y etiqueta. Los mezcales pueden ser blanco, reposado o añejo. La empresa ha recibido reconocimientos internacionales, ya cuentan con un certificado del Consejo Regulador del Mezcal y está en proceso la certificación orgánica.

Maricarmen Guerrero Esquivel, delegada de la Secretaría de Turismo en la zona del Altiplano, manifiesta que con el rescate de procesos como el tallado de fibra de lechuguilla y su transformación en productos artesanales, de la herbolaria que utilizan las comunidades, se trabaja en articularlos con circuitos turísticos y en capacitar a los pobladores para sean ellos los beneficiarios del recurso.

En la región también hay rutas por pueblos mineros, donde ya se realizan safaris, se trabaja con cautela para abrir otras nuevas, “porque queremos que el servicio sea de calidad”.

Reconoce que es difícil la integración de los grupos de ejidatarios, se da un acompañamiento, pero el desarrollo de los proyectos debe ser al ritmo de las propias comunidades.

En turismo rural estamos en lo elemental, a través del programa de los pueblos mineros se siguen directrices, estamos en una etapa de preparación, hay productos que ya se pueden ofrecer como destino pero se requiere de mayor especialización y eso se trabaja, expone Maricarmen Guerrero.

De acuerdo con el Programa regional de desarrollo turístico de los pueblos mineros del altiplano potosino el potencial turístico de la región es de 400 a 500 mil visitas por año hacia el 2030, para lo cual se requiere una infraestructura hotelera de 3 mil 500 a 4 mil cuartos.

En las oportunidades están la ubicación estratégica de los municipios de la región, las remesas que envían los migrantes, la tendencia mundial por el turismo de naturaleza, para lo cual habrá que resolver la falta de infraestructura, de transporte, de organización de las comunidades, de promoción, con lo cual se podría generar una oportunidad de desarrollo para los habitantes del semidesierto.

De regreso al asfalto, atrás quedan las palabras de Neyra Alvarado, cuando subraya: “ignoramos todo lo que hay en el desierto mexicano; para nosotros es sinónimo de ausencia, de pobreza, no hay nada”, por eso su conocimiento y descubrimiento es atrayente. El biólogo Onésimo secunda que la riqueza del semidesierto es inmensa y que debajo de esta tierra seca hay mucha vida.

El movimiento de los neumáticos levanta otra vez el polvo del semidesierto, que al parecer todavía guarda muchos secretos.